La belleza del proceso
El proyecto, desarrollado por Clara del Río, transforma una nave industrial en un obrador de flor y fruta inspirado en el alma del invernadero holandés. La intervención parte de la puesta en valor del espacio existente, conservando la amplitud de la nave, la altura de los techos y la presencia de su estructura metálica y lucernarios, cuya luz natural define el carácter del conjunto.
La propuesta se apoya en una arquitectura honesta, donde hierro y cristal se muestran desnudos, sin artificio, como expresión directa del trabajo y del oficio. El espacio y la actividad dialogan de forma constante, combinando funcionalidad y belleza en un entorno concebido para hacer visible el proceso creativo y productivo del obrador.



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La organización interior se articula mediante largas mesas de trabajo, pensadas para favorecer una cadena colaborativa en la elaboración y manipulación del producto.
La materialidad del proyecto —hierro, hormigón, piedra y acabados terrosos— construye una atmósfera sobria, sincera y con carácter. A esta base industrial se suma la calidez de los materiales naturales, generando un equilibrio entre la precisión técnica de la instalación y la sensibilidad artesanal que define la identidad del obrador.
Siguiendo esta lógica de transparencia, tubos, drenajes, iluminación y cámaras de frío permanecen expuestos e integrados en la arquitectura. La instalación pasa a formar parte del paisaje interior y refuerza la lectura franca del espacio.
El resultado es un obrador luminoso, robusto y esencial, donde la desnudez industrial se convierte en soporte de una experiencia de trabajo auténtica, eficiente y profundamente vinculada al oficio.





















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